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Religión digital: «El Papa asegura que es el Espíritu el que «rejuvenece a la Iglesia» y la convierte en «casa acogedora sin muros divisorios»

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Solemne misa de Pentecostés en la Basílica de San Pedro, presidida por el cardenal Re, decano del colegio cardenalicio, con presencia del Papa Francisco, que pronunció la homilía desde su ya habitual silla de ruedas. En ella, Francisco recordó que el Espíritu “nos enseña por dónde empezar, qué caminos tomar y cómo caminar». De ahí la importancia de «saber discernir su voz de la del espíritu del mal». Porque, mientras «el Espíritu Santo, que te corrige a lo largo del camino, nunca te deja tirado en el suelo, sino que siempre te toma de la mano, te consuela y te alienta», en cambio «l maligno fomenta las cosas dichas a las espaldas, las  habladurías y los chismorreos». Y, una vez más, Bergoglio advirtió que «los chimes destruyen la identidad de las personas».

Homilía del Papa en la misa de Pentecostés

En la frase final del Evangelio que hemos escuchado, Jesús hace una afirmación que nos da  esperanza y al mismo tiempo nos lleva a reflexionar. Dice a los discípulos: «El Espíritu Santo, a  quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he  dicho» (Jn 14,26). Nos impacta ese “todo”, y nos preguntamos, ¿en qué sentido el Espíritu da esta  comprensión nueva y plena a quienes lo reciben? No es una cuestión de cantidad, Dios no quiere  convertirnos en enciclopedias o en eruditos. No. Es una cuestión de calidad, de perspectiva. El  Espíritu nos hace ver todo de un modo nuevo, según la mirada de Jesús. Yo lo diría de esta manera:  en el gran viaje de la vida, Él nos enseña por dónde empezar, qué caminos tomar y cómo caminar. 

Papa, en Pentecostés

Papa, en Pentecostés

En primer lugar, por dónde empezar. El Espíritu, en efecto, nos indica el punto de partida de  la vida espiritual. ¿Cuál es? Jesús habla de ello en el primer versículo de hoy, cuando dice: «Si me  aman, cumplirán mis mandamientos» (v. 15). Si me aman, cumplirán; esta es la lógica del Espíritu.  Nosotros a menudo pensamos al revés: si cumplimos, amamos. Estamos acostumbrados a pensar  que el amor proceda esencialmente de nuestro cumplimiento, talento y religiosidad. En cambio, el  Espíritu nos recuerda que, sin el amor en el centro, todo lo demás es vano. Y que este amor no nace  tanto de nuestras capacidades, sino que es un don suyo. El Espíritu de amor es el que nos infunde el  amor, Él es quien nos hace sentir amados y nos enseña a amar. Él es el “motor” de nuestra vida  espiritual. 

Él mismo nos lo recuerda, porque es la memoria de Dios, Aquel que nos recuerda todas las  palabras de Jesús (cf. v. 26). El Espíritu Santo es una memoria activa, que enciende y reaviva el  amor de Dios en nuestro corazón. Hemos experimentado su presencia en el perdón de los pecados,  cuando nos hemos sentido llenos de su paz, de su libertad y de su consolación.

Papa en silla de ruedas

Alimentar esta  memoria espiritual es esencial. Siempre recordamos lo que va mal, con frecuencia resuena en  nosotros esa voz que nos recuerda los fracasos y las deficiencias, que nos dice: “Ves, otra caída,  otra desilusión, nunca lo conseguirás, no eres capaz”. El Espíritu Santo, en cambio, nos recuerda  todo lo contrario: “Eres hijo, eres hija de Dios, eres una criatura única, elegida, preciosa, siempre  amada; aunque hayas perdido la confianza en ti mismo, Dios confía en ti”. 

Sin embargo, tú podrías objetar: son sólo bonitas palabras; yo tengo muchos problemas,  heridas y preocupaciones que no se resuelven con consuelos fáciles. Pues bien, es precisamente ahí  que el Espíritu pide poder entrar. Porque Él, el Consolador, es espíritu de sanación y de resurrección,  y puede transformar esas heridas que te queman por dentro. Él nos enseña a no suprimir los  recuerdos de las personas y de las situaciones que nos han hecho mal, sino a dejarlos habitar por su  presencia. Así hizo con los Apóstoles y con sus fallas. Habían abandonado a Jesús antes de la  Pasión, Pedro lo había negado, Pablo había perseguido a los cristianos. ¡Cuántos errores, cuántos  sentimientos de culpa! Por sí mismos no podían encontrar una salida. Solos no; con el Consolador sí.  

Papa

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