EE

Dificultades en la oración cuando hacemos ejercicios espirituales

La oración es una experiencia de Dios. En ella obra Dios con su criatura. Sin embargo, muchas veces no podemos tener una auténtica experiencia de Dios o de oración. Muchos ejercitantes, cuando dicen que «oran» no caen en la cuanta que «oran» delante de su propia imagen. Se culpan muchas veces de no ser «buenos cristianos» «de ser inconsecuentes». O sea la oración se centra en su «ego», sólo se escuchan a sí mismos…Sin embargo hay que decir que cuando oramos lo hacemos delante del «Otro». El otro es Dios, es el prójimo. Entonces en la oración hago silencio para escuchar la voz de Dios, su palabra. Así pues, cuantas veces cuando oramos todo lo centramos exclusivamente en nosotros mismos y queremos estar en las «alturas». Obvio mientras Dios baja para acercarse a nuestra realidad nosotros estamos queriendo subir. En el camino nos cruzamos entonces no podemos tener una experiencia de Dios. A partir de esta observación podemos clarificar mejor las dificultades que podrían aparecer para orar.

. LAS DIFICULTADES PARA ORAR

A cualquiera que se le pregunte dirá que orar es difícil. Si le dejamos explicarse, probablemente enumerará una larga lista de dificultades para justificar la afirmación anterior. Hablará de distracciones, de ruidos ambientales, de falta de tiempo, de no encontrar postura, de métodos y de técnicas de concentración.

Ninguna de estas cosas son las dificultades reales de la oración. El auténtico problema tiene raíces más básicas, que relativizan por completo aquéllas otras. Creo que se expresa bien a través de estas dos cuestiones capitales: ¿qué es orar realmente? y ¿a qué Dios dirigimos nuestra oración?

¿Qué es orar realmente? Orar no es lo que nosotros hacemos, sino lo que nos ocurre cuando nos ponemos delante de Dios. Como sucede con la amistad, ambas experiencias tienen mucho más de don recibido que de producto ganado y trabajado. También como en todo don, es crucial el dónde y el cómo lo recibimos.

En la parábola del sembrador, la semilla es, en sí misma, el regalo preparado para germinar y dar fruto. Pero recibida en la superficie del camino, o entre piedras y zarzas, se pierde o se agosta pronto. Sólo en la profundidad de la buena tierra fructifica… y mucho. Entonces produce fruto sin que el dueño del campo sepa cómo (Mc 4, 3-8.27).

La imagen de la semilla y el campo, elegida por el mismo Jesús para hablar de la recepción del Reino, expresa bien los términos de nuestra colaboración al recibir sus regalos. En efecto, cuando la presencia de Dios es recibida en la superficialidad habitual de nuestra existencia, dura bien poco. Cuando es atendida como una más, entre otras muchas preocupaciones y angustias, queda pronto ahogada. Sólo cuando es recogida en sótanos -en el secreto y la conciencia más honda de nuestra personalidad, donde todo parece débil, pero todo es verdadero- se queda dentro y produce fruto.

Orar es recibir la presencia de Dios en el hondón de la persona, sin fachadas ni roles que representar, allí donde el orgullo y la vanidad han podido dejarse realmente a un lado. Como expresó con gracia Santa Teresa, «para buscar a Dios no es menester alas, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí». Hallar a Dios en esa profundidad personal es lo que nos constituye orantes.

Para bajar a sótanos, sostener su espera y mantener el deseo de escucha a Dios, el creyente utiliza diversos recursos, vocales o mentales, incluso técnicas y métodos, a los que llama oraciones o rezos. Su utilización nos hace simplemente rezadores , porque no es lo mismo ser rezador que orante.

Por extraño que parezca, se puede ser muy rezador, y utilizar sin embargo este comportamiento como pretexto para renunciar a ser orante. Cuando, en contra de su verdadero sentido, los rezos se erigen para el creyente piadoso en el absoluto de la oración, y ya no se busca el don de ver cambiada la actitud interior, sino el protagonismo único de un hecho meritorio que ha de cumplirse, nuestros rezos acaban bloqueando la verdadera oración. Jesús denunció ese resultado en los fariseos repitiéndoles palabras de Isaías -«este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Is 29,13; Mc 7,6)-, y el aviso no parece perder oportunidad nunca.

El rezador cree estar orando «para que Dios le escuche», pero el orante sabe que su objetivo irrenunciable es «escuchar lo que Dios le está diciendo a él ahora mismo». Aquél cree estar haciendo esfuerzo y méritos. Éste se sabe básicamente regalado… y se limita a expresar su agradecimiento hondo por el regalo.

Los Ejercicios ignacianos no prescriben rezos, sino actitud orante. No se viene a ellos a rezar unos días, sino a poner la propia vida delante de Dios. ¡No es lo mismo una cosa que otra! Buena parte de las experiencias llamadas Ejercicios se malogran porque el ejercitante cree limitado su papel a oír predicaciones y a rezar, pero no intenta ni desea orar su vida. El gran error está en querer protagonizar la propia oración, en lugar de aceptar más bien el protagonismo bienhechor del Señor en ella.

La segunda cuestión es igualmente relevante: ¿a qué Dios dirigimos nuestra oración? Cuando nos quedamos solos y miramos dentro, ¿qué imagen de Dios, en realidad, nos surge? ¿Es el Dios de verdad o acaso un mal sucedáneo?

No es raro que nuestra referencia a Dios, al menos emotiva, esté desfigurada por los miedos y las mil proyecciones de nuestra relación con la autoridad o el poder.

El efecto es sentimos, sin querer, enfrentados con un dios estrecho y pequeño, mezquino, puntilloso, rico en reproches, agobiante en sus imposiciones y arbitrario en sus exigencias. Un dios tan marcado por su carácter de todopoderoso que no deja espacio alguno a la realidad, también confesada, de todomisericordioso. Un dios altivo, encerrado en su autosuficiencia, despreocupado de nuestras lágrimas y, tal vez, aburrido ya de nuestras inconsecuencias. Un dios que pide tributos, y quizá recompensa esfuerzos, pero no es nada propenso a regalar algo gratis.

Ante ese dios no hay oración posible. Ni la produce, ni la permite. Como todo ídolo, sólo sabe recibir pleitesías y aplacarse con promesas y rezos.

La oración auténtica no se dirige a ese dios, sino al Regalador, del que hablaron Jesús y los profetas. Crece y se expresa en un clima de agradecimiento por los bienes recibidos. Es más: en cualquiera de sus formas, orar es tan sólo una glosa de la palabra “gracias

Todo el interés y consejos de San Ignacio, desde el principio de sus Ejercicios, están centrados en poner al ejercitante ante esta imagen generosa y regaladora de Dios. Sobre dicho fundamento sí que se puede orar y encontrarle a Él en todas las cosas.

¿Cuál es tu reacción?

Excelente, muy pertinente!
0
Buenísimo!
0
Adoré!
1
Creo que falta un poco de mayor claridad !
0
No me gustó mucho
0

You may also like

More in:EE

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *