Comentario del día - Evangelio

El tesoro escondido y la perla preciosa (Mt 13, 44-46)

Parábola del tesoro escondido, óleo sobre madera de roble atribuido a Rembrandt y también a Gerrit Dou (1630 aprox.), Museo de Bellas Artes de Budapest, Hungría

“El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo.
Aquí tienen otra figura del Reino de los Cielos: un comerciante que busca perlas finas. Si llega a sus manos una perla de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra”.

La gracia de llevar una vida conforme a los valores del reino de Dios, la compara Jesús al descubrimiento de un tesoro escondido y de una perla de gran valor. El campesino de la parábola vende todo lo que tiene para poder adquirir el campo, donde ha hallado el tesoro, y quedarse con él según las leyes judías. Asimismo, el mercader de perlas finas que encuentra una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.

La decisión de ambos es lo central de la parábola. Quien encuentra el tesoro o la perla decide venderlo todo y adquirir esos bienes porque valen más que lo que tiene. El valor de la decisión está en que permite adquirir el bien mayor. El acento se pone en “venderlo todo” porque el Reino de Dios –simbolizado en el tesoro y la perla– vale mucho más. Frente a él todo queda relativizado.

Pero no se trata de una obligación impuesta desde el exterior que se asume a regañadientes, sino de una decisión fruto de la alegría: Por la alegría que le da… vende todo. Decisiones así se producen en el campo del amor humano: quien encuentra a la persona que andaba buscando y que lo llena de alegría, la prefiere por encima de las demás. Ocurre también con el amor a Dios: quien lo ama de verdad relativiza frente a Él todas las cosas del mundo. No porque pierdan valor o atractivo, sino porque sólo tienen sentido en función de lo que se ama.

El Evangelio no dice que el campesino del tesoro y el mercader de la perla echen todo a rodar, sino que invierten lo que poseen para adquirir lo que vale más. Uno no “pierde” nada; más bien lo gana todo. Dios no quita nada; más bien Dios lo da todo. Es la razón por la cual, para seguir a Jesús, los discípulos dejan redes y barca, esposa, hijos, campos. Pablo dirá que, ante la “sublimidad del conocimiento de Cristo”, todo lo que antes era para él ganancia, lo considera pérdida (Fil 3, 8).

Tarde o temprano todos nos enfrentamos con la necesidad de decidir y elegir algo que puede marcar la vida para siempre y que implica necesariamente dejar de lado otras posibles opciones que no dejan de atraer. Pero el hecho es que no se pueden aprehender a la vez ambas cosas, aunque no siempre queramos reconocerlo. La tentación fundamental consiste en pensar que no necesito realmente renunciar a nada, que puedo hacerlo todo, mantener lo que antes tenía y lo que ahora me propongo realizar, aunque se le oponga… Pero sin embargo, esto es falso, irreal.

En este sentido las parábolas del tesoro encontrado y de la perla preciosa nos hacen comprender que el amor de Dios, su reino, la persona de Jesús y su mensaje, una vez  descubiertos como el valor supremo, llenan a la persona de una alegría tan íntima (“alegría inefable y gloriosa”, dice San Pedro – 1Pe 3,8) que se determina a adoptarlo como el sentido orientador de su vida, aunque haya otros caminos que le ofrecen otras formas de ser feliz.

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