Actualidad de Ignacio de Loyola Actualidad de su experiencia

Ignacio Iglesias, sj

Sumario

Actualidad de Ignacio, actualidad de su experiencia

  1. La experiencia de Ignacio
  2. Experiencia de Dios
  3. La utopía cristiana en los Ejercicios

ACTUALIDAD DE IGNACIO DE LOYOLA ACTUALIDAD DE SU EXPERIENCIA

Bajo este título, que me ha sido asignado, me propongo refle­xionar con vosotros sobre Ignacio de Loyola desde el ángulo de su actualidad. Soy consciente de que se trata del ángulo de contem­plación más difícil, refiriéndose a una persona de la que nos separan 500 años. Y mucho más difícil aún si la contemplamos, como me propongo hacer, no en sus obras, textos o mensajes, que perduran hoy, sino en su propia experiencia. Y todavía más diñcil si lo hacemos con la expresa voluntad de que esa realidad que contemplamos, cuestione, interpele, «mueva», nuestras propias personas y nuestra propia experiencia religiosa hoy.

Con frecuencia evocamos, como en una especie de rito sagrado, a estas personas que nos han precedido y que han sido como grandes hitos de nuestra historia humana y cristiana. Hasta las exhibimos, con mayor o menor orgullo, como trofeos nuestros o como cuadros de un museo, de rico valor. Y hasta somos capaces de manipular su memoria, de manera que resultemos intocados y no-cuestionados por ella. Hasta hacemos fiesta y nos divertimos a cuenta de lo que ellos hicieron, padecieron y fueron. Pero tenemos una rara habilidad para escamotear nuestras propias personas en esta con­templación, y nos cuesta aprender de ellos y, mucho más, concluir que su figura, su pensamiento, su espíritu y, todavía más, su propia experiencia, siguen siendo vivas, actuales, operativas entre nosotros y para nosotros, hoy.

Esto es lo que sencillamente me propongo hacer. Pero concen­trándolo en el «más difícil todavía» de la experiencia misma personal de Ignacio y en su actualidad. ¿Cómo se puede hablar de la ac­tualidad de una experiencia personal sucedida hace tanto tiempo?. Si algo hay, por su propia esencia, puntual y delimitado en el tiempo y en el espacio, es la experiencia humana. Todo tipo de experiencia. Se trata de un episodio, o una serie de episodios, que tiene un principio y un final, que sucede en una persona concreta, en un momento y en una geografía concretas, que son irrepetibles, y que mueren con ella. ¿Cómo puede decirse que la experiencia que Ignacio vivió en el escenario de Manresa, durante once meses, es actual?

Efectivamente sólo por analogía podemos hablar de actualidad de una experiencia pasada, si nos referimos: primero, a los efectos, que de ella nos han llegado o nos están llegando a nosotros ahora; y segundo al hecho de que lo que constituye la gran genialidad de Ignacio de Loyola no es la experiencia misma, sino haber ob­servado y reflexionado sobre ella, haber detectado en ella una serie de constantes y haber derivado de ellas un método exportable y universalizable, con el que otros puedan ayudarse a vivir una experiencia propia, equivalente, pero nunca igual, o copia, de la de Ignacio. 

1.     LA EXPERIENCIA DE IGNACIO

La gran historia de Ignacio no es la de fuera, sino la de dentro de sí mismo. Su principal aportación a la historia de la humanidad (no sólo a la de la Iglesia), no es lo que personalmente él realizó en sus actividades de apostolado o de gobierno, o su obra exterior más conocida, la Compañía de Jesús, sino el descubrimiento de su mundo interior y, por él, el descubrimiento de ese continente, siempre inexplorado, que es el corazón de cada ser humano, donde sucede lo más importante de cada vida humana. Su mérito principal es el haber caído en la cuenta de lo que pasa en ese continente, de cómo pasa, de los efectos que produce… y ocurrírsele que, a lo mejor, esto podría ayudar a otros. Su preocupación de «ayudar» y sus artes de «ayudador» de otros, surgen simultáneamente con el hecho, que constituye el núcleo de su más profunda experiencia, de caer en la cuenta de cómo es «ayudado» por Dios: «El me dijo que los Ejercicios no los había hecho todos de una sola vez, sino que algunas cosas que observaba en su alma y las encontraba útiles, le parecía que podrían ser útiles también a otros, y así las ponía por escrito» (Aut. 11).

Estas palabras, que condensan lo más y lo mejor de cuanto vivió aquí mismo, en Manresa, iluminan los tres criterios que pre­sidieron la redacción del texto de los Ejercicios Espirituales (EE) (redacción que duraría veinte años): la observación (no se escribe nada que no haya sido previamente experimentado en sí mismo); la selección («algunas cosas», lo que da a entender que existieron muchas más y que su silencio sobre las otras es consciente y vo­luntario, sin duda por considerarlas más privadas (Diario), y el criterio orientador de esta selección; la utilidad posible para otros.

Lo que Ignacio nos entrega en su texto, útil y para utilizarlo, no es un tratado teológico sobre la experiencia de Dios, Ignacio no es un teólogo en el sentido erudito del término, ni aun después de haber estudiado teología en París; y los Ejercicios son prácti­camente en su totalidad producto anterior a estos estudios. Cuando los redacta, es un seglar, de 29-30 años, un cristiano de formación corriente. Su fuerte no son sus estudios, sino su experiencia. Tam­poco son los Ejercicios una descripción o relato testimonial de ésta. En último término son un manual de gimnasia interior (ejercicios), un texto multiplicador de actitudes, con las que el ser humano se disponga a observar y acoger la acción irrepetible, siempre crea­dora, del Espíritu en él y en la historia humana, que es en lo que consiste la experiencia.

Permitidme que os pida un doble esfuerzo de imaginación: pri­mero para no-imaginar, o más bien para borrar, una imagen tópica de EE no precisamente liberadores, ni generadores de un horizonte personal cristiano esponjado, optimista y, por eso, comprometido con Dios y con el hombre en hacer y rehacer esta nuestra historia. Y un segundo esfuerzo de imaginación para acercaros a un hombre de 29 años, Ignacio de Loyola, hombre de mucha ambición, mucho pundonor, mucha vanidad. Años después, ya jesuita y Ge­neral de la Compañía, hacia el fin de sus días, todavía recordará, como rasgo para su autorretrato, «cómo dos años había sido tra­bajando deste vicio -la vanagloria-, en tanto que cuando se em­barcaba para Jerusalén, no osaba decir a nadie que iba a Jerusalem». «Y la causa -continúa él, narrando su vida- porque él no osó decir que iba a Jerusalem fue por temor de la vanagloria; el cual temor tanto le afligía, que no osaba decir de qué tierra ni de qué casa era» (Aut. 36).

Os invito a acercaros imaginatívamente a este soldado «desfa­cedor de entuertos» de otros, pero ignorante y ciego para los propios; servidor por sueldo y por medro personal; hombre de grandes fi­delidades y de grandes sueños; tan pendenciero como justiciero; tan hambriento de gloria propia como celoso de la ajena…

El 20 de mayo de 1521 una bombarda de cañón en Pamplona, un traslado de herido en mula y a hombros de portadores, una doble operación en Loyola, que él llama «carnicería», soportada sin más anestesia que «apretando mucho los puños» y unos libros (los que hay en casa, Vita Christi y Flos Sanctorum) para matar el aburrimiento de la convalecencia y para mitigar las torturas de la rehabilitación, fueron la mediación histórica de que Dios se valió para irrumpir en aquella vida. Fue una irrupción por sorpresa, totalmente fuera de programa. Y tuvo las características de un cataclismo interior rapidísimo y de gran intensidad y profundidad. Un castillo interior (un tipo ideal de hombre) se derrumba al tiempo que empieza a surgir otro edificio humano (otro tipo de hombre) nunca pensado por Ignacio, sin planos ni presupuestos previos, más por fuerza de deseos que por cálculo, seducido por la figura de Jesús, que desde ahora ocupará entera la pantalla de su vida, y de los grandes seguidores históricos de Jesús.

Fue una conmoción en lo más profundo, exactamente en el centro, no una borrasca de superficie como otras sufridas en su vida. Una conmoción que se desarrolla sin apenas ruido exterior («se descabulló de su hermano», como a hurtadillas, «y se partió solo», Aut. 12.13). Pero decir «conmoción» no es decir «catástrofe». Dios irrumpe en él, en realidad, no derribando, sino levantando. Dios no destruye, sino que crea, dejando al hombre la decisión libre de destruir por sí mismo lo que, por no ser vida, debe desa­parecer para dejar paso a la vida. Dios no exige, sino que ofrece; no cierra, sino abre un nuevo horizonte de sentido y de vida. Y automáticamente se le cae a Ignacio el que él mismo se había construido sobre sí mismo.

Y descubre (porque se trata de un verdadero descubrimiento, «se le abrieron un poco los ojos») que hay Alguien que le está sirviendo sin sueldo, más aún, que se ha pagado a sí mismo como sueldo por él («lo que ha hecho Cristo por mí»). Esta experiencia ya no le abandonará nunca. Porque no es un episodio puntual, sino que se le convierte en una especie de atmósfera respirada, minuto a minuto, de la que ya no puede prescindir: «cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas criadas sobre la haz de la tierra», sintetizará más tarde en sus EE.

Descubre también que hay otro honor más importante que el suyo propio; que hay servicios por competitividad y por ambición de poder, que no resuelven ni mejoran nada (al contrario, dañan y malician todo), y servicios por gratuidad, que son una profunda revolución y transformación de las personas y de la sociedad. Des­cubre que hay un valor mayor que el de la espada, el de la no-espada, el de la no-violencia activa o, si se quiere, el de la única violencia evangélica ‘auténtica, la autoviolencia de la Caridad («esto me bas­ta», rematará en sus EE).

Se le cae una utopía, la de la dama que «no era de vulgar nobleza; no condesa ni duquesa, más era su estado más alto que ninguna destas» (Aut. 6), porque le nace otra utopía, que le toma por entero y ya no le abandonará nunca, la del «por más imitar» al Señor.

Pero interesa observar que en ese seísmo interior iniciado en Loyola, asentado en Manresa y consolidado en Jerusalén en un espacio de tres años escasos, nada valioso de aquel,hombre resulta dañado o destruido. Ni siquiera va a ser alterado fundamentalmente su temperamento. Al contrario, todo el sujeto humano, tal cual, es colocado en otra perspectiva de vida y abierto a otro horizonte y a otro aprovechamiento personal. Es su modo de mirar el que ha cambiado. Conversión, conversión auténtica, conversión como proceso tan largo como la vida misma, equivale a plenificación y realización personal del convertido.

Ignacio iba para conquistador y resulta conquistado, pero no dejará por eso de aspirar a conquistar. .. todo el mundo (EE). Se creía libre y señor y se descubre esclavo; y experimenta que su herida más grave no es la de su pierna, sino la de su libertad, y toma conciencia de que Alguien empieza a romperle las amarras y a sanar su libertad. Y se ofrece, ahora sí, libremente, a no vivir sino para liberar a otros. «En servir a los siervos de mi Señor, pienso que sirvo al mismo Señor de todos».

Inmovilizado e imposibilitado físicamente se sorprende a sí mis­mo desplegando y aportando toda su capacidad de aventura en este continente inexplorado, que es su propio mundo interior. Son años de descubrimientos que hacen a otros contemporáneos suyos figuras universales. Pero su descubrimiento (el de su mundo interior y el de la acción de Dios en él) no es menos importante y, desde luego, es de mayor alcance humano que los de aquellos. Sin ruido, sin galeones, sin dinero, sin pólvora, sin armas, sin sangre, sin violencia, sin vencidos y humillados (al contrario, capacitando para la libertad a todo el que quiera recibirla como él mismo fue liberado), Ignacio se adentrará en ese continente interior personal, propio y de cada ser humano, «llevado», como dirá uno de sus compañeros, «sabiamente ignorante» de lo que se va a encontrar, dejándose llevar y observando cómo es llevado.

Descubriéndose a sí mismo y, en sí mismo, al Dios que «labora y trabaja» en él, descubre al ser humano como primer valor, después de Dios, una especie de cuasi-absoluto por el que vale la pena pagar, si es necesario, hasta el precio que ha pagado Dios, el precio de sí mismo. Y desde entonces no podrá ya separar el horizonte Dios del horizonte «ser humano», hasta el punto de que servir a Dios y ayudar al hombre a ser plenamente hombre se le identifican como llamada y como respuesta y programa personal total. Y ya no vivirá para otra cosa.

Con frecuencia se ha dicho de Ignacio que fue un autodidacta. Y es verdad en el sentido de que no se debe a ninguna escuela de espiritualidad ni depende de ningún maestro concreto. Su maes­tro fue el Espíritu («lo trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño», recordará veinte años más tarde); su escuela la vida misma (el estudio propiamente tal y la teorización sobre lo vivido vendría después); su arte observar, examinar, lo que pasaba; su método anotar en algo que resultó «un fajo muy grande de escritos» (Aut. 100) «algunas cosas que observaba en su ánima y las encontraba útiles»; su intuición el anotarlas desde la perspectiva de que «le parecía que podrían ser útiles también a otros, y así las ponía por escrito»; su genialidad el dejarnos no un tratado teológico, ni una narración testimonial de su propia experiencia , sino una serie de ejercicios para hacer, y para repetir en determinadas condiciones, y ejercicios para evaluar el resultado de los precedentes y ajustar y acomodar los que habrán de seguirse. Su texto, que ha sido generado por una historia muy concreta vivida una sola vez, es generador de historia. Literatura para hacer, se le ha definido.

Ignacio, que es extraordinariamente parco en ponderaciones y más si se trata de sus cosas, lo brindará a otros como «todo lo mejor que yo puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mismo, como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a muchos». Lo que seguramente no pensaba, y lo hubiera rechazado de habérsele pasado por la imaginación, es que cinco siglos después su texto seguiría siendo tan actual y, si cabe, aún más que entonces.

Es a través de él como la experiencia, fuente del texto y en cuanto reflejada en él, sigue presente y actual entre nosotros. Hay que acudir a ella para entender el texto y para aplicarlo. Y hay, sobre todo, tres dimensiones de dicha experiencia que se proyectan como signos identificadores en el mismo método. Primero: el haber sorprendido en una experiencia concreta, la suya, lo universal hu­mano; segundo: el haber incluido como esencial al método el no­método, es decir la agilidad y flexibilidad que entraña en sí mismo el método; y tercero: el tomar como punto de partida el protagonismo activo y creador de Dios en cada historia personal del que hace EE, que en realidad es invitado y libremente llevado a una lectura de su propia historia en esta clave: con Dios como protagonista.

Es precisamente este protagonismo, conocido y reconocido de Dios, el que sitúa a Ignacio en un permanente «maravillarse». Lo que sucedió en Loyola fue una inmensa sorpresa. Desde entonces a Ignacio le va a ser familiar la sorpresa. Hasta no saber vivir sin ella. Caminará de sorpresa en sorpresa su propia historia, apoyándose siempre -lo mismo que en su bastón de cojo y de mutilado para andar los caminos- en la interrogación evangélica que ya no se le caerá de los labios y del corazón, nunca, y con la que irá abriendo como con una llave maestra los capítulos desco­nocidos de su vida. «Quid agendum?» ¿Qué he de hacer? ¿Qué hemos de hacer?

Hecho para integrar tensiones, más aún, para vivir de ellas -paradoja viviente, le ha llamado alguno- Ignacio caminará así continuamente entre ellas sin romperse. Lo de «mis pensamientos no son vuestros pensamientos y mis caminos no son vuestros ca­minos», del profeta (Is 55, 8), lo lleva Ignacio desde el principio asumido como experiencia diaria y como principio de caminante: se programa, Dios le desprograma continuamente y él se deja vo­luntariamente desprogramar.

Vive profundas convicciones, pero tales que no le secan las pre­guntas; al contrario, se las multiplican. Es observador tenaz de lo profundo de la persona, pero no se le escapa el mensaje de una flor o el del rictus alterado de un compañero. Es un «personalizador» incansable de lo que va viviendo («lo que ha hecho Cristo por mí») y a la vez, como por necesidad vital, un «universalizador» de esa misma experiencia (el «y por todos los hombres», que él traduce en «ayuda de las ánimas», se le dispara automáticamente). El camino del «por mí» al «por todos» se le hace tan familiar y tan necesario como una respiración y le mantiene proyectado hacia el futuro, como un ojeador del «don», que es seguro que ha de venir («con­sequenter, cómo desea dárseme», EE 234) y de los destinatarios futuros que han de surgir en un horizonte cada vez más abierto: «el bien, cuanto más universal, es más divino» (Const. 622).

Hasta tal punto ambas realidades (el «por mí» y el «por todos») se le hacen inseparables, como dos caras de una misma realidad, que su respuesta agradecida al Señor por la primera no podrá ya ser otra cosa que el servicio al hombre, ni adoptar otro lenguaje que el lenguaje divino del servicio, que es lenguaje de hechos, de historia realizada, con el que nos habla Dios en su HIJO.

Este camino de Ignacio, como el de Pablo y el de tantos, va de la ignorancia («porque su alma aún estaba ciega», Aut. 8-9) al asombro («comenzó a maravillarse», ib. 8-9), del asombro al deseo (» … se le ofrecían deseos de imitar a los santos…», ib. 9) y del deseo a la acción. Una acción que en un principio es una acción sobre sí mismo y aún contra sí mismo (penitencias), pero que pronto pasa a ser olvido de sí mismo y acción desinteresada por otros (apostolado).

Su secreto será concebir este camino: conocimiento (de ahí la importancia que dará siempre al «conocimiento interno» como prin­cipio de toda liberación personal) -sorpresa-deseo-acción, como un camino siempre inacabado y siempre nuevo, susceptible de ser explorado y profundizado indefinidamente en cada una de sus fases, a golpe de contemplación, de relación personal, de compromiso. Lejos de agotar las capacidades admirativas personales del ser humano, la disciplina de la acción, exigida por el amor -y su ga­rantía-, las multiplica ilimitadamente. Se abre así la espiral sin fin del crecimiento cristiano, que va en la entraña de su permanente «magis», «sorpresa-deseo-acción», que genera nueva sorpresa, nue­vos deseos y nueva acción, a la espiral en la que reside la «mística de la acción», con que justamente se ha caracterizado la dimensión mística de Ignacio.

La desembocadura final de todo este proceso, la acción por otros, como lenguaje claro y definitivo, y por eso habitual y preferido de Ignacio («el amor se debe poner más en las obras que en las palabras», EE 230- y no dice sólo en las obras porque las palabras pueden ser también «obras»-), será una de las notas caracterizantes de la espiritualidad de los Ejercicios y de la espiritualidad ignaciana. Su insistencia, ya desde el comienzo de los Ejercicios, en «traer la historia» (la historia de salvación, como hecho de presente en el propio ejercitante) y sus recursos para narrarla e interpretarla con fidelidad, quieren situar en ella la experiencia de Ejercicios como en lugar teológico donde se produce el encuentro de Dios con el ser humano y la respuesta de éste, y donde se aprende el idioma teologal de los hechos en que se han de producir fmalmente los mismos Ejercicios.

Precisamente una de las sorpresas de Ignacio en este camino que vengo resumiendo es que la conversación de Dios con el ser humano se realiza no en el lenguaje conceptual y doctrinal hacia el que nos desplazamos casi permanentemente, sino en el de los hechos (hechos de acción y hechos de pasión), tanto por parte de Dios, que tiene la iniciativa siempre en este encuentro y en su idioma, como por parte del ser humano. Este habrá de ser después también el lenguaje definitivo de todo evangelizador que desee anunciar de modo convincente al Señor. No lo logrará si no es hablando en la misma longitud de onda en la que Dios habla, la de los hechos: el hecho Jesús de Nazareth y los hechos de Jesús de Nazareth.

Ignacio lo aprende, lo practica, y lo enseña denodadamente. La acción no es para él un producto creativo con el que un hombre compite en eficacia y poder humano con otros hombres. Es ante todo un lenguaje oracional, para dejarse hablar por Dios y para hablar a Dios, y el mejor lenguaje evangelizador para hablar con­vincentemente de Dios.

Estos trazos incompletos y puramente descriptivos del paisaje personal, mucho más rico y complejo, de Ignacio en el invierno­primavera espiritual de los años 1521-24 (Loyola-Manresa-Jeru­salén) -años en los que gira radicalmente su vida y se consolida este giro-, son observados constantemente en sus relaciones e in­terferencias, para ser (y éste resultará finalmente su más impor­tante y su más actual servicio a la humanidad) elevados a categoría de «modo y orden» (EE 2: «método») del que otros pudieran ayudarse. No es propiamente su experiencia, que es intransferible, la que nos deja, sino el destilado de su experiencia reflexionada y con­vertida en modo de multiplicar indefinidamente experiencias equi­valentes. Es en éstas donde se nos hace actualísima la suya.

2.     EXPERIENCIA DE DIOS

Pero en realidad, ¿en qué consiste sustancialmente este método? ¿Cual es su virtualidad? ¿En qué radica -para atenernos al tema de nuestra ponencia- su actualidad como servicio al hombre y a la mujer de nuestros días, unos días tan distintos de los de Ignacio? ¿De dónde proviene su potencialidad para proyectar al hombre hacia el futuro (cualquier futuro) y para capacitarle en discernirlo y afrontarlo? A este tipo de preguntas quisiera responder breve­mente.

Adelanto que se trata de un ejercicio de observación y de lectura en profundidad, de la propia historia personal y, en ella, de la de la humanidad. Al ejercitante se le «abrirán los ojos» (la «sorpresa» antes referida), le «arderá el corazón» y el deseo, y se le movilizarán todas las capacidades, incluso las de mayor riesgo personal, en un compromiso de acción sobre esa misma historia. Si evocáis el relato lucano de la aparición del Resucitado a los discípulos de Emaús, os haréis fácilmente la idea de lo simple, por una parte, y de lo profunda y decisiva, por otra, que resulta una lectura, acertada o equivocada, de nuestra propia historia.

Una lectura torcida de la misma, donde, por ejemplo, la clave de interpretación sea el éxito o fracaso humano de los propios intereses individuales en ella, puede llevar, como a los discípulos de Emaús, a vivir como catástrofe lo que es la más extraordinaria de todas las victorias, e incluso a concluir decisiones funestas. Y al contrario, una lectura «desde las Escrituras», es decir, desde la máxima Verdad objetiva, que nos descubra el entramado real y total del tejido de nuestra historia, puede hacernos concluir que son fracasos, realidades contabilizadas como triunfo humano, y que son éxito final, «fracasos» humanamente tan estrepitosos como el Gólgota.

Si algo pertenece a la esencia intocable de los Ejercicios, como genialidad de su Autor, es este agraparse férreamente a la historia personal sucedida ya, y a la que se va produciendo en los mismos Ejercicios, que son historia. Historia personal. Sustantivo y adjetivo y se necesitan mutuamente. Porque historia, queda excluido todo tipo de teorización, ideologización, que, de producirse, resultaría ser una flagrante adulteración de los Ejercicios. Porque personal, resultarán profanación de los mismos todo tipo de intromisiones ajenas, que pretendan interferir, o de hecho interfieran (y mucho más si sustituyen) a Dios «moviendo» o al ser humano, que se ejercita, «decidiendo». Ambos «ejercicios» corresponden en exclusiva, el primero a Dios, el segundo al hombre. Cualquiera intromisión ajena en los mismos deriva en alguna forma de manipulación.

Precisamente porque nacido de la historia personal de Ignacio y elevado a categoría de método unviversalizable, generador de experiencias, nunca idénticas, en las cuales otros puedan leer y entender su propia historia y hacerse capaces de re-hacerla, el libro de los Ejercicios (literatura para hacer), contiene en sí mismo potencialmente cuatro textos vivos:

  • El texto primero de Ignacio para el que da Ejercicios;
  • El texto que éste «produce» cuando «narra» y propone sobria­mente los elementos de método al que los hace;
  • El texto que, a su vez, el ejercitante «produce» y vive al hacer el ejercicio, y con el que se refiere a Dios. Texto hecho de palabras y de silencios, de ideas y de gestos personales, de sentimientos y deseos…
  • Finalmente, el texto que «habla» Dios al ejercitante en su lenguaje de «signos», la serie de fenómenos «nuevos», no ela­borados voluntariamente por el propio ejercitante, sino «suce­didos» en él y recibidos conscientemente por él, signos de consolación o desolación, de paz o de lucha, de fuerza o de temor … de clarificación o de confusión, que el que da los Ejercicios debe leer y por los que se va descubriendo por donde, hacia donde y con qué ritmo, Dios conduce al ser humano.

Todos son historia sucedida o que se va haciendo, historia en la que se proyecta y se «revela» Dios y en la que misteriosa, pero realmente, puede el ser humano hacer su experiencia de Dios. Incluso experiencia que Ignacio mismo no duda en cualificar de «inmediata», es decir, sin intermediarios. Karl Rahner, un extraor­dinario teólogo y no menos extraordinario conocedor de los Ejer­cicios, describe poniéndola en primera persona en boca de Ignacio, su propia visión de esta experiencia inmediata, singular pero po­sible, regalo de Dios y, por eso, al alcance de quien la pida y se disponga a recibirla:

«Cuando afirmo haber tenido una experiencia inmediata de Dios, no siento la necesidad de apoyar esta aseveración en una disertación teológica sobre la esencia de dicha experiencia, como tampoco pre­tendo hablar de todos los fenómenos concomitantes a la misma, que evidentemente poseen también sus propias peculiaridades his­tóricas e individuales; no hablo, por tanto, de visiones, símbolos y audiciones figurativas, ni del don de lágrimas o cosas parecidas. Lo único que digo es que experimenté a Dios, al innombrable y al insondable, al silencioso y sin embargo cercano, en la tridimensio­nalidad de su donación a mí. Experimenté a Dios también, y sobre todo, más allá de toda imaginación plástica. A El, que, cuando por su propia iniciativa se aproxima por la gracia, no puede ser con­fundido con ninguna otra cosa».’

«Semejante convicción puede sonar como algo ingenuo para vues­tro devoto quehacer, que funciona con palabras lo más elevadas posible; pero en el fondo se trata de algo tremendo, tanto si lo consideramos a partir de mí mismo, que he vuelto a experimentar de un modo totalmente nuevo la incomprensibilidad de Dios, como si lo vemos desde la impiedad de vuestra propia época, en la que esa misma impiedad lo único que hace en definitiva, es suprimir aquellos ídolos que la época precedente, de un modo, a la vez ingenuo y terrible, había equiparado con el Dios inefable. Una impiedad que -¿por qué no decirlo?-, penetra incluso a la misma Iglesia, ya que ésta, a fin de cuentas, para ser fiel al Crucificado, ha de constituir el acontecimiento capaz de derribar a los dioses a través de su propia historia».

La cita ha sido larga (y podría haberlo sido aún más), pero merece la pena como testimonio de lo más medular de la historia, que han de ser los mismos Ejercicios, y a la que sirve y conduce el resto de la historia personal del ejercitante leída con Dios como protagonista.

Punto de partida, por lo tanto, del proceso de Ejercicios es siempre la historia personal. El tan traído y llevado Principio y Fundamento, «El hombre es creado para…», no ha de ser inter­pretado como una síntesis filosófico-teológica sobre el hombre, aun­que suene a tal. Es una constatación histórica, un dato fundamental, una historia de presente, que cada uno puede poner como cimiento y raíz de su propia historia, en el que puede descubrir la realidad de Dios y situarse ante El, como quien pisa «tierra sagrada» (Éxodo, 3,5).

Al fin y al cabo es historia que sucede porque Alguien, antes que el hombre, por delante y por encima de él, hace posible que suceda. Alguien va por delante haciendo y diciendo, y haciéndonos capaces de hacer y decir, y libres para hacer y decir. O, lo que es lo mismo, Alguien va por delante amando. Alguien distante, inac­cesible e inefable y, a la vez, cercano, íntimo, hermano. De este hecho fundamental (no teoría), que define la «autonomía» del hombre y su límite esencial, fluye la posibilidad de una relación dialogal, Dios-hombre, que pertenece, como es obvio, esencialmente a la dinámica de los Ejercicios. Intentemos acercarnos, hasta donde nos es posible, a esta relación dialogal, a este primer momento de Ignacio, que se convierte en elemento esencial de los Ejercicios y que llamamos experiencia de Dios. Comenzando por aclararnos sobre los términol.

Cuando hablamos de experiencia de Dios, no hablamos sólo, ni principalmente, de una actividad nuestra, que tiene a Dios como objeto final de nuestro conocimiento (como cuando hablamos de la experiencia humana como forma compleja y completísima de conocimiento producida por iniciativa humana), sino de una acti­vidad de Dios mismo. Dios es sujeto, no sólo objeto, de la experiencia. De Él es la iniciativa de hacerse (darse a) conocer por el hombre. Y se da, de hecho, en la propia historia personal de éste. Se trata, por lo tanto, de una experiencia que ha de ser recibida, antes de que pueda ser respondida por el hombre, y para que pueda serlo, en cualquiera de las modalidades de lo que llamamos oración.

Y ha de ser acogida en el centro mismo, simplicísimo, de la persona, que la Biblia llama «corazón», «lo secreto», «el hombre interior», el «centro», no en la periferia de su sensibilidad más cortical y gestual, ni en la zona media del conocimiento racional, de la construcción lógica e incluso de la provocación sentimental…, que son, de hecho, zonas de acceso al centro y de expansión de su centro, pero también manipulables desde él.

Se trata efectivamente de un fenómeno caracterizado descrip­tivamente por estos elementos: una irrupción (una como novedad y sorpresa) en ese centro; algo «nuevo», no previamente programado, sucede en él, y el hombre toma conciencia de que sucede; una alteración de ese centro, algo se «mueve» (mociones) en él, es sa­cudido y descolocado; y finalmente una ruptura o apertura del centro mismo, una dinámica de vaciamiento y de donación, o mejor autodonación, surge como una «necesidad vital» incontenible, des­bordando las fuerzas «defensivas» de las prudencias humanas.

Manresa significa para Ignacio en este mismo sentido, y de modo muy singular, la gran escuela, o como él mismo la llamó «la primitiva Iglesia» para el recién convertido. Y no sólo en el momento transfigurador del Cardoner, que tan bellamente describe en la Autobiografía (n. 30) y al que se remite frecuentemente como a su experiencia bautismal de seguidor de Jesús, sino en todos los otros momentos de este «año de gracia» (1522), y en todo él como unidad de experiencia espiritual, en la que se irán injertando todas las demás, consolidándola y enriqueciéndola.

Es precisamente la apertura a Dios de ese centro personal (con frecuencia celosamente defendido y protegido por el ser humano, aun frente a Dios mismo) lo que Ignacio propondrá como disposición previa elemental para que el proceso de Ejercicios sea fecundo: «Entrar en ellos con grande ánimo y liberalidad con su Criador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad, para que su divina majestad, así de su persona, como de todo lo que tiene, se sirva conforme a su santísima voluntad» (EE 5), es sencillamente poner en manos de Dios las llaves de ese centro personal, sin escamotearlo ni defenderlo, es decir, es disponerse de la forma más directa a que la experiencia suceda, y el conocimiento se produzca.

Si luego advierte al que da Ejercicios que no interfiera la co­municación del Creador con su creatura (EE 15), sino que ésta sólo es auténtica cuando se produce «inmediate», con este adverbio no sólo significa la no-intromisión de nadie en ella, sino, además, que ha de producirse no en la periferia, ni en la zona media de la persona, sino en el centro, insustituible, de la misma.

Un paso más en nuestro intento de comprender la hondura de esta experiencia de Dios, alma y esencia de los Ejercicios. La plenitud de la comunicación de Dios con cada ser humano y con todos, la ha hecho (y la sigue haciendo) en el HIJO, en Jesucristo. Nada extraño, pues, que, en el inicio mismo de la experiencia (EE 53), sea esta comunicación, acogida como misericordia ilimitada, la que provoque en quien la presiente, la pregunta esencial y permanente de todo cristiano, en cuanto convertido (vuelto) al Señor: ¿Qué he de hacer por Cristo? ¿Qué he hecho? ¿Qué hemos de hacer?

Tampoco es nada extraño que se le reitere al ejercitante en mil modos la respuesta del Señor en el Evangelio (Jn 8,29) «Lo que agrada al Señor es que creáis en El que Él ha enviado». CREER efectivamente es el latido (o la respiración) cristiana indispensable, en sus dos tiempos: acoger y dar, escuchar y responder, sentir y obrar, aceptar AL que se fía del hombre y fiarse de Él. Si el encuentro personal de Ignacio con el Dios personalmente comunicado en la persona de su HIJO, desde las primeras lecturas de Loyola a las grandes comunicaciones de Manresa, dio paso en él a una nueva lógica, nueva «razón de vivir» definitiva y única («aquel peregrino era loco por amor a Jesucristo», dirán muchos años después de él los monjes de Montserrat), este encuentro habrá de ser también el punto de apoyo determinante del giro cristiano que haya de producirse en quien se arriesga hoy y siempre en esa apasionante aventura de hacer Ejercicios Espirituales.

La conversión de Ignacio, como toda conversión cristiana, no es un cambio de «naturaleza», una transformación temperamental o psicológica, o una alteración de costumbres o de vida, aunque esto último pueda derivarse de una conversión, sino un cambio de Señor, una sustitución de quién (o quienes, o que) posee y mueve ese centro, en el que reside nuestra verdadera identidad como personas.

En fin de cuentas, el giro personal profundo de la conversión (que es el giro que «vuelve» al hombre que hace los Ejercicios) se juega en una preposición de tres letras: «por». Por qué o por quién me muevo o voy movido, libremente movido. Es en estos «por qué», no en nuestras ideas o en la originalidad humana de nuestras acciones, donde radica nuestra verdadera identidad y personalidad cristiana.

La petición central de los Ejercicios (169conocimiento interno del Señor que por mí…, para que más le ame y le siga») apunta directísimamente a esta sustitución, iluminada y libre, de «motivos» centrales. Sustitución sólo posible como resultado de un conoci­miento contemplativo, o conocimiento por «impregnación» interior de todo el sujeto que conoce, que no se detiene en la periferia de los hechos sensibles del Otro, ni siquiera en la comprensión de su pensamiento y de sus contenidos doctrinales, sino que, en cuanto es posible, se asoma al mundo interior de sus motivaciones (razones para vivir), sintoniza y se entusiasma con ellas, porque son lo más personal del Otro -su retrato vivo-, se las apropia sin coacción y con gozo y acaba, por ello, sin violencia, pensando como el Otro y obrando como el Otro. «Nosotros tenemos la mente de Cristo».

La medida de esta identificación profunda con el modelo de todo ser humano, Cristo Jesús, es la medida de cómo se va re-ha­ciendo nuestra propia imagen y semejanza de hijos, que lo es tam­bién, inseparablemente, de hermanos.

3.     LA UTOPÍA CRISTIANA EN LOS EJERCICIOS

En realidad (y con esto desembocamos en lo último que querría comentar con vosotros como justificador de la actualidad de la experiencia espiritual de Ignacio) la experiencia de Dios, que los Ejercicios tratan de servir, crea o realimenta innumerables utopías cristianas. Entiendo por utopías cristianas modelos diversos de vivir el Evangelio que el espíritu suscita continuamente en su Iglesia remitidos como única «razón» a Jesús de Nazareth.

Son proyectos personales y comunitarios en sí mismos inalcan­zables, pero deseables y, por eso, movilizadores de vida. Cuando el mismo Ignacio -seglar él mientras experimentaba, reflexionaba, formulaba y consolidaba el «modo y orden» de sus Ejercicios-, puso éstos a disposición de la Iglesia (sacerdotes, seglares, religiosos/as, obispos,…) -y desde entonces son patrimonio entero de la misma-, su primerísima intención fue reavivar la utopía por la que cada cristiano debe vivir seducido y arrastrado por el Señor. Pero también era su intención expresa formar servidores de esta utopía, formando multiplicadores de una experiencia que continuamente puede re­generarla.

Dos preciosos textos del propio Ignacio iluminan esta intención sin ambages. Al Dr. Miona, profesor en Alcalá cuando Ignacio estuvo allí, posteriormente P. Miona de la Compañía de Jesús, le invita a hacer Ejercicios «porque a la postre no nos diga su divina Majestad por qué no os lo pido con todas mis fuerzas, siendo todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mismo, como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos, que cuando para lo primero no sintiésedes necesidad, veréis sin proporción y estima cuánto os aprovechará para lo segundo» (16 noviembre de 1536). Y, veinte años después, ya General de la Compañía de Jesús, a sólo trece días de su muerte, firma una carta al P. Fulvio Androzzi exhor­tándole:

«entre las cosas que suelen ayudar mucho e intrínsecamente los hombres, V R. sabe que hay una muy principal: los Ejercicios. Os recuerdo, pues, que hay que emplear esta arma muy familiar a nuestra Compañía. La primera semana puede extenderse a muchos juntamente con algún modo de orar; mas para darlos exactamente precisaría hallar sujetos capaces e idóneos para ayudar a otros, después que ellos fuesen ayudados» (18 julio de 1556).

Donde son de advertir dos aspectos singularmente importantes en relación con el comentario que vengo haciendo: primero, que la diferencia sustancial entre los Ejercicios «leves» y los Ejercicios «exactamente» o completos, la pone S. Ignacio precisamente en la apertura a esa «utopía» cristiana que se ofrece a partir de la me­ditación del llamamiento del Rey temporal. Y, segundo, que la experiencia, desde este momento la contempla Ignacio misionera­mente, es decir, no sólo como experiencia personal (ser ayudado), sino como experiencia social (ayudar a otros). Y es que una carac­terística inconfundible de que la utopía cristiana ha prendido en el hombre es el experimentar, como una fuerza vital incontenible, la necesidad de ofrecerla y brindarla a otros.

Ahora bien, esta utopía no pertenece al mundo de la ciencia­ficción ni se agota en una especie de filosofía de la vida; y, por supuesto, se adultera cuando se reduce a ideología o a sentimen­talismo. Es historia, pertenece a la historia, se acoge, se responde y opera en la historia. Es tan historia como nuestras propias per­sonas. Al fin y al cabo también ella es persona viviente, Jesús de Nazareth. Encontrarla y alimentarla, resulta por eso, relación per­sonal permanente. Es esta relación con el Dios viviente enviado a esta historia concreta, la de cada ser humano (libre para acogerla, ignorarla o rechazarla), la que magnetiza definitivamente a Ignacio de Loyola, hasta el punto de no poder vivir para otra cosa ni por otra cosa.

Un seguidor de Jesús, a la manera de Ignacio, en nuestros días, Karl Rahner, presta su palabra, la de la vivencia de idéntica utopía, a Ignacio de Loyola para describirla:

«Quería seguir a Jesús pobre y humilde, ni más ni menos. Quería algo que no es en absoluto tan obvio, algo que no se deduce tan fácilmente de la esencia del cristianismo, algo que entonces, lo mismo que hoy, no practicaban ni los prelados de la Iglesia, ni el selecto clero de aquellos países, que siguen considerándose el centro del cristianismo. Quería algo, cuyos motivos, en mi caso no eran de orden ideológico-eclesial, ni crítico-social, aun cuando pueda que tengan su importancia al respecto; quería algo que me venía ins­pirado pura y simplemente como una ley de mi propia vida, sin mirar a izquierda ni a derecha, por un desmedido amor a Jesús; un Jesús a quien tenía que ver en toda su concreción…, si quería encontrar al Dios infinito e incomprensible. Esto no excluye en absoluto, sino que implica el que mi marginación social y eclesial supuso para mí una especie de ejercitación voluntaria en el morir con Jesús, lo cual constituye el juicio y el feliz destino de todos los hombres, aun de aquellos que no pueden, ni quieren, seguir a Jesús de este modo».

La utopía ignaciana histórica final, el grupo de «compañeros de Jesús», la S.I., no es desembocadura única y obligada de los Ejercicios. Ciertamente la Compañía de Jesús no se explica sin los Ejercicios; en cambio, éstos se justifican por sí mismos, sin ella. Esto significa que no se identifican. Pero autoriza también a concluir que la actualidad de la primera es argumento vivo de la actualidad de los segundos. Y lo mismo podría decirse de otras formas de vida cristiana, Congregaciones religiosas, o instituciones laicales, o individuos, que habitualmente reviven y realimentan su utopía cristiana en el proceso de los Ejercicios.

Si estas utopías siguen generando hoy hombres admirables, cuya vida y cuya muerte conmocionan al mundo y nos cortan el aliento, es que esas utopías están vivas hoy como «razón de vivir» y que el proceso que las hizo surgir y las realimenta, los Ejercicios, es actualísimo. Hemos asistido en nuestros mismos días a dos extraordinarias conmociones de este tipo, la muerte de Pedro Arrupe y, poco más de un año antes, la de los hermanos jesuitas de El Salvador. Uno y otros, tan diferentes entre sí como los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, se identifican y se unen en el fondo por la común utopía de sus vidas. Uno y otros han recibido esta utopía, y la han alimentado incesantemente (y abundan los testimonios sobre ello) adentrándose y familiarizándose diariamen­te con la dinámica dialogal y experiencial de los Ejercicios.

En estos, y en otros innumerables hombres y mujeres, jesuitas y no-jesuitas, seglares y consagrados, en formas testimoniales pú­blicas y en variadísimas formas testimoniales anónimas, sigue vivo el don de Dios que Ignacio recogió en su singular experiencia y que tradujo en «método» provocador y multiplicador de innumera­bles experiencias inéditas e irrepetibles. Cuando, por ejemplo, los jesuitas (y equivalentemente podrían hacer otros religiosos, sacer­dotes, seglares) definen hoy su utopía como un «comprometerse bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia, que la misma fe exige», están remitiéndose a sí mismos a su experiencia fundante de los Ejercicios y traduciendo para hoy el HACER (¿qué hemos de hacer por Cristo?), que es horizonte operativo de la utopía de Ignacio, en fidelidad máxima a Ignacio de Loyola. Es decir, están demos­trando con obras la actualidad viva de Ignacio y la de su máxima aportación a la Iglesia y a la humanidad, los Ejercicios. Podrá el término «lucha» sonar menos bien a nuestros oídos «pacifistas», por su inevitable connotación a una cierta «violencia». Pero… ¡no asustarse! Se trata de la única violencia evangélica, la autoviolencia de la caridad, que ha de abrirse paso en uno mismo superando la resistencias de mil egoísmos, confesados u ocultos, y que habrá de salir misericordiosamente al paso de la gran idolatría, madre de todas las idolatrías, que es el egoísmo humano.

Precisamente, cuando la sociedad se nos ha poblado de mil ídolos, insaciables de víctimas humanas, el «conquistar todo el mundo y todos los enemigos» del Llamamiento del Rey temporal, se traduce en salir hoy en defensa de estas víctimas y en liberar a sus sacrificadores, como proyecto utópico, ciertamente, al que merece la pena dedicar la vida, en debilidad voluntaria por el ser humano, como seguimiento del Cristo pobre y humilde de los Ejer­cicios, única forma de dar paso pleno en la historia de cada uno a la fuerza salvadora de Dios.

Esta «voluntariedad» («quiero y deseo y es mi determinación deliberada», EE 98) en la donación gratuita y cotidiana de la propia vida, que, en miles de formas, tantos han aprendido de Ignacio, o se han ayudado de él para profundizarla y actualizarla, es la mayor prueba de la actualidad de un método (los Ejercicios) que, si no la genera, porque es pura gracia, ayuda a detectarla, acogerla y responderla. Y cuando esto sucede, nos hace presentes la «ex­periencia» manresana que dio origen al «modo y orden» de los Ejercicios y nos sigue vinculando hoy a aquel Ignacio y a aquella Manresa. En definitiva, la experiencia de Ignacio sigue viva y actual en nuestra propia experiencia, capacitándonos (si vale aquí la glosa evangélica) «para hacer las obras que él hizo, y aún mayores» (Jn 14,12).

FUENTE:

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Telf: 93 317 23 38; Fax: 93 317 10 94;

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