Comentario del domingo - Evangelio

Homilía del Domingo de Pentecostés (Jn 20, 19-23) P. Carlos Cardó SJ

Pentecostés, óleo sobre lienzo de Josefa de Ayala (1660 -1670), Museo Nacional Machado de Castro, Coimbra, Portugal

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado.
Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor.
Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también».
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan,
 les serán retenidos».

Fiel a su promesa, Jesús nos envía al Espíritu Santo (Jn 14,2.15-17.25-26;15,26-27;16,4b-11.12-15). Por medio de él, sigue presente en la historia, en nuestra vida, en todas las circunstancias que nos toque vivir.

Podemos tener una idea equivocada del Espíritu Santo, como si fuese una cosa inmaterial indefinida, o una idea abstracta, un concepto o una fórmula, y no como nos enseñó a entenderlo Jesús, es decir, como un ser personal. Jesús, en efecto, nos hizo comprender a Dios como comunidad de tres personas.

Primero a Dios como Padre suyo y nuestro, creador y fuente de vida, con quien Jesús se relacionaba de modo tan peculiar que le llamaba Abba, Padre. Por esa íntima unión con él, Jesús se manifestó y fue reconocido como el Hijo de Dios y Dios con nosotros. Y después de su resurrección, nos envió desde su Padre una nueva presencia suya y del Padre en nosotros, a la que llamó Espíritu Santo Consolador y Defensor. En el Espíritu vienen a nosotros el Padre y el Hijo, en él nos unimos a Dios y es el amor derramado en nuestros corazones.

Es él quien realiza la encarnación del Hijo de Dios en el seno de María. Él condujo a Jesús al desierto, descendió después sobre él en el Jordán, y le acompañaba siempre porque el Padre se lo había comunicado plenamente (Jn 3,34). Jesús lo llamó defensor y consolador (Jn 14,16.25; 15,26; 16,7) y también Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13)que nos llevará a la verdad plena, convirtiéndonos en “testigos” (15,27).

El evangelio de Juan relata cómo Cristo Resucitado se apareció a los discípulos, les dio su paz y, después de mostrarles sus llagas y costado, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo… Este gesto simbólico evoca aquel soplo creador, por medio del cual Dios infundió el aliento de vida al hombre Adán. Ahora, con el soplo del Espíritu, Jesús nos transforma en hijos e hijas, libres y amados por Dios, para vivir sin temor y sentir a Dios como nuestro Padre. Este Espíritu infunde coraje y determinación para cumplir la misión de anunciar la buena noticia de que el mal no triunfa. Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados…

Según San Pablo, “los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo” (Gal 5,22s). Lo propio del Espíritu del Señor es darnos alegría interior, confianza, libertad y amor sincero. Lo que produce inquietud, división, estrechez de miras y amargura procede del mal espíritu o de nuestros desequilibrios interiores o de la oscuridad del mundo.

Reconocemos al Espíritu Santo en la fuerza interior que impulsa y dinamiza al mundo para que todo crezca y la vida se multiplique. Él alienta y sostiene el desarrollo de la humanidad en dirección del amor, la justicia y el bien común. Para ello nos hace crecer en fe, esperanza y amor, en el servicio generoso y en la oración; ordena nuestro interior y aleja de nosotros la confusión, la inclinación a cosas bajas, la desconfianza y el sentimiento de estar lejos de Dios.

Sabemos que ni siquiera en los momentos de tribulación, cuando nos sentimos como abandonados de Dios nuestro creador, deja de estar actuando en nosotros; pues, aunque no lo sintamos, está con nosotros –y quizá entonces más que en otras ocasiones– con la fuerza que triunfa en nuestra debilidad.

Este Espíritu grita en nuestro interior: Abba, Padre. Intercede por nosotros con gemidos inexpresables. Nos consagra a Cristo, graba en nosotros el sello de su amor y nos da la garantía de la vida eterna. Actúa en lo íntimo de nuestro ser como anhelo insaciable de la felicidad del amor, porque es fuente de aguas vivas que brota en el corazón y salta hasta la vida eterna.

Por eso le pedimos desde el fondo del alma: ¡Sí, ven Espíritu divino!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Aclara nuestro pensar y sentir para que sepamos discernir tu presencia y tus inspiraciones en la historia que vivimos. Ven, Espíritu Santo, para que aprendamos a vivir en libertad responsable y sepamos cuidarnos los unos a los otros. Enséñanos a aceptar con serenidad y fortaleza nuestros propios límites y vulnerabilidad, así como los variados límites de las cosas imprevistas. Líbranos del desánimo frente a la realidad que nos ha tocado vivir en el mundo. Danos la seguridad de que somos capaces de transformar esta situación para sacar de ella algo bueno. Haznos descansar en ti y jamás permitas que nos apartemos de tu mirada. Déjanos estar siempre a tu lado para enfrentar cualquier desafío o dificultad, seguros de que contigo todo acabará bien. Ven, huésped bueno del alma; danos tu luz, infunde calor y fervor a nuestra vida cristiana; y haznos un poco más semejantes a Jesús.

ESPÍRITU SANTO, VEN. Empújanos con tu fuerza, dinamízanos con tu viento, danos sabiduría, despiértanos con tu música, muévenos con tu energía. Únenos como hermanos con tu amor. Tú puedes hacernos bailar con tu melodía. Sácanos de nuestra mediocridad con tu maravilla. Enséñanos a perdonar y a perdonarnos. Ven a despertar nuestra creatividad para abrir nuevos caminos. Ven a cada casa, a cada rincón, a cada familia. Llénalas de tu amor. Ven a cada fábrica, a cada obra, despacho, comercio. Ayúdanos a ser mejores en el trabajo. Ven a cada transporte, a cada esquina, a cada quiosco. Ven a cada hospital, clínica, centro de salud, a cada familia golpeada por la pandemia. Tráenos la salud, la vida, la esperanza. Palabra amiga, ven para instruidos y para sencillos, para pobres y ricos. Trae igualdad para todos. Ven al Perú que busca igualdad, integración, paz y justicia. Ven al Congreso de la Republica, a los ministerios del poder ejecutivo y a las cortes de justicia. Inspira sabiduría para gobernar, fomenta la honradez y, sobre todo, el amor a la patria. Genera entendimiento y comprensión. Alimenta al hambriento, acompaña al que está solo. Empújanos a compartir, a hacer justicia. Haznos capaces de unir, no de desunir. ¡Haznos ser de veras cristianos! Y recuérdanos que nunca estamos solos porque tú estás con nosotros.

Publicado por Parroquia de Fátima Miraflores en 00:01

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